Sombras nada más

El primer encuentro

Se conocieron en un club judío que organizaba bailes los domingos. Gervasio recuerda que sus hermanos y primos lo apuraban esa noche y él quería quedarse un poco más. Siempre consideró al hecho no casual, un presagio. La cabeceó y se encontraron en la pista de baile. Un tango cansado de tanta noche se apoyaba en las paredes, ensoñaba en las mesas y volvía a embravecerse en los cuerpos quebrados .Con la emoción del roce ineludible, pudorosos, se citaron para el día siguiente. La mujer dice que sólo esa vez respondió al cabeceo y caminó con decisión hasta el medio de la pista. Nunca le contó a él que sintió el cuerpo exaltado. La sensación fue inolvidable. Los pechos empujaban hasta desabotonar el saquito de banlon rojo. Adelantó los hombros para hundir el esternón velando la evidencia de la voluptuosidad.

Al día siguiente, en la primera cita, él la escuchaba atento mientras ella le contaba su vida, sus gustos, sus anhelos. Gervasio hablaba poco y Esther ponía graciosamente palabras en sus silencios.

Una vida juntos

Gervasio cumple los noventa y sus tres hijos le han pedido que prepare un discurso para la fiesta que le organizan para el sábado siguiente. El no sabe qué dirá y es día martes. Esther, que nunca toleró incertidumbres, propone que cuenten el primer encuentro. En la sesión psicoterapéutica de pareja, que él ha apurado por alguna razón, Gervasio tiene los ojos opacos, la mirada fatigada. Los párpados semejan una tela que ajusta los globos salientes. “Doctora, formé una linda familia, puedo decir eso en el discurso”.

La psicóloga presiente las palabras finales de una vida y se alerta“¿Está cansado, Gervasio?” “Sí, muy cansado. Hoy fue un día raro… Desayunamos juntos ¿no?”. Mira a Esther, sentada a su lado. “Después tuve ganas de acostarme de nuevo y dormí hasta hace un rato, que me levanté para que vengamos a verla”.La mujer asiente aunque quizás ha oído la mitad porque está bastante sorda.

Mirando a la doctora, él agrega en tono íntimo: “Qué lástima que se termine”.La mujer no escucha y pregunta “¿Qué dijiste, Gervi?”. La psicóloga lo invita a repetir . Él se angustia. Casi con temor contesta: “Que se termine la vida, Esther, la vida…Ella siempre tiene más ganas que yo, quiere hacer de todo”. “Pero con vos”, dice con ternura la mujer mientras le pone una mano sobre la rodilla y le susurra que lo quiere mucho. Él responde que también la ama y casi disculpándose agrega “Ella va a tener que acostumbrarse a que yo no esté”.

Esa noche, ya en la cama, Gervasio escucha las quejas de su alma: “Es una lástima que se termine, hombre, es cierto, pero estamos cada vez peor. Y es mucho lo que piden. Y ella siempre queda un poco insatisfecha. Ahora quiere que esperes a sus noventa. Pero faltan dos años y ni los pies ni la cabeza aguantan”.

“La verdad ya no es vida orinar seis veces por las noches, controlar el corazón, estar pendiente de la sal y de las grasas. Y el desgano, el desgraciado desgano…No es vida…”piensa Gervasio. “Tal vez sea el inicio del desencuentro.”

El desencuentro

Esther le trajo un té a la cama, y sólo por obligación Gervasio tomó dos traguitos. Ella le habló de la importancia de recuperar fuerzas, de hacer una comida variada para que no bajen las defensas. Luego se acostó al lado del marido.

Gervasio cerró los ojos y fue metiéndose furtivamente en la milonga. Era el club judío de los domingos que, por suerte, estaba eternamente abierto. “Estás hermosa, Esther. Pero no puedo llegar al centro de la pista. Mis piernas están cansadas. Por favor, Dios mío, quiero un alivio, una pequeña moratoria para cortejarla.”

Sonó un tango y lo bailaron sin pudor . Sobre el cuerpo de Gregorio crecían esos pechos deseados .La pelvis de Esther se adelantaba enardecida. Y reían como dos locos. Luego, despacito, bien juntos, ella lo fue acompañando para dejarlo amorosamente entre las sombras.

Tsunami

 Se escuchó un estruendo. Y granizó durante breves minutos. Caía una piedra aguda, áspera, que tardaba en hacerse agua.

Al día siguiente una enorme ola arrasó. Era una espeluznante coreografía de bañistas, vendedores ambulantes y pobladores sorprendidos. Un griterío que se hizo silencio bajo las aguas del mar.

Pequeños hombres y mujeres, de cuerpos muy delgados, parecían juncos deslizándose entre heridos y muertos.

La gente deambulaba por las calles de la aldea con la esperanza de encontrar al familiar o al amigo, y se desconsolaban ante la evidencia de la desaparición o de la muerte.

El hospital central y los lugares improvisados para la emergencia estaban desbordados . Médicos, enfermeras y otros trabajadores intentaban responder a la sorpresiva y dolorosa situación.

En los días posteriores al tsunami (así lo llamaron los expertos) muchas mujeres buscaron a sus hijos entre las camitas donde morían o se recuperaban pequeños sobrevivientes. Frente a un médico dos de ellas se disputaban un bebé en un hospital de campaña. Es mío, decían ambas. Ya corría el rumor de que la gente negaba la realidad de la pérdida de los hijos y se apropiaba de criaturas ajenas. El médico dio un portazo y dejó a las mujeres discutiendo en el pasillo.

Nekira estaba recostada en la arena junto a su carrito de venta de dulces en el momento en que el cielo se oscureció y la ola enorme se llevó a Kim y a Ati hacia arriba y luego los volteó hacia el mar. Ella y Ringhi, el más pequeño de los hijos, de apenas ocho meses, fueron empujados hacia la montaña. Por eso sabía que encontraría a su bebé, tenía la certeza de que él no había muerto. Su marido había salido ese día en un barco pesquero con hermanos y primos. En los días siguientes la mujer se calmaba imaginando una escena de reencuentro, Kim y Ati salvados por la familia de pescadores.

De pie, a la entrada del hospital, cuando bajaban la nueva carga de heridos, ella vio a su hijo. Es Ringhi, mi hijo, le dijo con seguridad a un médico que se notaba abatido por la tarea. El hombre sonrió. Un poco de felicidad entre tanto dolor le produjo alivio. Había otras mujeres pero ninguna le disputaba el niño a Nekira. Llévelo, mujer, llévelo,indicó una médica mientras tapaba respetuosamente el cuerpo de un varoncito muy pequeño que acababa de morir.

Sin dudar tomó en sus brazos al hijo y corrió locamente. Llegó agotada al refugio. Transcurrieron allí varios días de hacinamiento, sin agua, con pocos alimentos. El gobierno anunciaba por altoparlantes la llegada inminente de helicópteros con ayuda internacional.

El pequeño se prendió con ganas al pecho cargado de leche de Nekira pero sus ojos permanecían cerrados. En un juego maternal levantó sutilmente uno de los párpados de Ringhi, y ante la resistencia forzó un poco más. Reprimió un grito. Un hueco negro, un vacío, una órbita para nada, el borde de un pozo…, todo eso pasó en un instante por la cabeza de la mujer. Confundida, recordó que el tsunami tragó brazos, piernas, ojos.

En el refugio nunca se está solo. Hay cuerpos y miradas ineludibles. Decidió no comentar esta nueva desgracia. Por eso ahora era ella quien durante las comidas deslizaba con suavidad el párpado del niño hacia abajo. Nadie debía ver el horroroso agujero. La mujer sentía deseos de saber si el otro ojo también estaba vacío pero no se animaba a hacer nada para confirmarlo.

Una noche en que volvía del baño Nekira sorprendió a su niño con la carita entre los barrotes de la cuna como a la espera del regreso de ella por el pasillo. Y descubrió que tenía ojos . Temblando, sofocó un aullido que le nacía entre las costillas. Los ojos de Ringhi entraban y salían excediendo el borde de las órbitas.

No pudo dormir convencida que todos se reirían de la extraña particularidad del niño. Que quizás le tuvieran miedo. Por primera vez se arrepintió de no haberse cerciorado de la identidad del pequeño. Pero era tan parecido. Todos los bebés se parecen, pensó. ¿Su desesperación la habría forzado a abrazarlo y alejarse del hospital? ¿Quizás ahora estaba padeciendo la maldición de la verdadera madre?.

Un mes después un hermano de Nekira que vivía en otro pueblo costero la localizó en el refugio y le ofreció vivir con él y otros familiares sobrevivientes. Ella aceptó pero le advirtió a su hermano que el niño había perdido los ojos en el tsunami.

En Bare, la aldea a la que se trasladó, había otros dos niños recogidos en un hospital de campaña. Nadie los reclamaba. Tenían ojos grandes y vidriosos. Y un poco salientes. Pensó que si lograra retener afuera los ojos de su hijo quedaría un poco desorbitado pero más normal. El niño levantaba sus párpados y miraba cuando estaba a solas con su madre . La mujer sentía ese gesto como una hermosa consecuencia de la intimidad y del amor que crecía entre ellos.

A cuatro meses de producida la catástrofe los tres niños desaparecieron de la aldea. Era una noche de tormenta. De nuevo la furia del mar y del cielo sobre la tierra de los hombres pequeños y enjutos. Sobre los arrozales, sobre las mismas huellas de la desgracia.

Dos días y dos noches los pobladores salieron a buscarlos, desesperados, abatidos, pero no hallaron ni un mínimo rastro. Nekira no pudo soportar tanta pérdida y enfermó. Su piel se cubrió de manchas y la fiebre alta la hizo delirar.

Finalmente el gobierno no pudo seguir ocultando los acontecimientos, que se sucedían vertiginosamente, y alertó a la población acerca de la presencia de seres extraños provenientes de las aldeas más castigadas por el tsunami. Se decía que anestesiaban con la mirada. Se conjeturó que habían salido del mar con la revuelta que provocó la ola gigante y la movida de la tierra.

Pocas horas más tarde de la alerta oficial un locutor radial lanzó un desesperado pedido de auxilio. Jadeante, repetía: “¡Un horror,un horror! ¡Tienen ojos que salen como la lengua de los reptiles.! ¡Son monstruos! ¡Los ojos salen y entran…, y despellejan…, con solo mirarte, sin tocar, te despellejan, te dejan en carne viva! ¡Y se calzan la piel del otro y se hacen como uno, se transforman!” Silencio. Silencio.

Tardíamente en las aldeas se fueron enterando. Nekira, en medio de la agonía ,soñaba con sus hijos,con la vida antes del tsunami. Lograba amorosamente enmarcar los ojos de Ringhi en las órbitas y los fijaba con un jugo pegajoso.

Durante los rituales del entierro de la mujer, los aldeanos de Bare oraron por los tres niños desaparecidos. Era una evidencia que esa noche habían huído de la aldea para evitar la dolorosa misión de apropiarse de la piel de esos hombres y mujeres sencillos que los habían cuidado con tanto cariño desde que la terrible ola los lanzó a este mundo .

 

Magia

Cuando Camila se despertó aquella mañana, se sentó en la cama y los ojitos se le llenaron de lágrimas. En la tarde anterior había visto a sus padres haciendo cuentas con la billetera en la mano. Él se tocaba la sien y pegaba pequeños golpecitos con el dedo índice sobre su cabeza. La madre fruncía la nariz. Eran los gestos habituales de cuando ella o su hermanito tenían fiebre o mucha tos. Sobre la mesa del comedor estaba abierta la carta para los Reyes Magos y ése parecía ser el motivo de tanta preocupación.

Para peor, unos días antes, Tiago, su amigo del Jardín, le había contado que el hermano mayor, Octavio, no creía en los Reyes. Camila se sorprendió. ¿Cómo era eso de que no creía?

_Dice que no existen. Que los Reyes son los padres._ susurró Tiago en el oído de Camila, mientras ambos jugaban en el arenero.

Pensándolo bien, en uno de los paseos con la abuela, y mientras ella tomaba su consabido cafecito y Camila comía un flan de vainilla con dulce de leche, la cabeza se le había poblado de dudas no acerca de la existencia de los Reyes sino de Papá Noel. ¡Le parecía imposible que él viajara por el cielo en un trineo soportando el peso de tantos regalos!. Y le preguntó a su abuela:

_ ¿Es cierto que Papá Noel vuela con todos los regalos de todos los nenes del mundo?

_ Yo nunca lo vi pero me lo imagino_ respondió la abuela_. Pero es cierto. Es demasiado peso para cargar en un vuelo… _

Y agregó:

_¡Pero es tan hermoso ver el árbol a la medianoche, rodeado de regalitos! _

Camila no se conformó. ¡Era evidente que la abuela se había quedado sin respuestas!.

_Pero abuela, ¡es magia!_ dijo con un tono de voz firme y casi reprobatorio.

Todavía sentada en la cama, Camila se secó las lágrimas mientras un rayito de sol se filtraba por la ranura de la ventana del cuarto que compartía con Felipe, el hermanito, Se preguntaba si serían sus padres los que compraban los regalos y por eso estaban con la billetera en la mano, con caras de preocupación, y de pie frente a la mesa leyendo la cartita de los pedidos. También era cierto que si no se la enviaban a los Reyes ellos no sabrían qué juguetes traer.

Se levantó de la cama rumbo al comedor, y vio que la cartita seguía allí, muy oronda, al lado de la billetera. Se sintió disgustada por la “negligencia” de sus papás. La mamá decía esa palabra “negligencia” cuando alguien no cuidaba a sus hijos. Por ejemplo cuando en la playa un nene se perdía y todos andaban a los aplausos para encontrar a los padres, “¡Qué padres negligentes! , ¡Por Dios!” .

Lo cierto es que no habían enviado la cartita a pesar de la premura del caso. Entonces entró apurada a la habitación de los papás y se paró al lado de la cama grande. Despertó a la madre con un zamarreo y le dijo:

_Los Reyes no saben qué queremos porque ustedes se olvidaron de mandar la cartita_.

_¿Cómo, hija? –dijo el papá con cara de dormido.

_¿Por qué no mandaron la cartita?_ preguntó ya muy enojada y lagrimeando.

El papá se sobresaltó, salió de la cama y fue a buscar la cartita que la noche anterior habían olvidado en el comedor.

_ Hoy mismo la llevo al Correo, mi amor, antes de ir a la oficina._

En vísperas del Día de Reyes Camila temía que la carta no hubiera llegado a tiempo. “Y si no llegó, qué” decía con tristeza para sus adentros. No le contó nada a su hermanito porque era chico y entendía poco. Para hacer la carta, ella le había ido preguntando y dibujó los seis juguetes que él eligió.

_¿Un paraguas azul también?

_Tí aguaz sul_

Y Camila dibujó un paraguas azul en la hoja llena de letras y dibujos de todo lo que pedían.

Esa noche del cinco de enero, después de la cena, puso los zapatos de toda la familia, bien ordenados por tamaño. Y acomodó la lechuga en un platito y en otro bien hondo puso agua para los camellos. Pero nada para los Reyes porque la mamá le aseguró que venían cenados. “Entonces existen”, pensó la niña.

En la mañana del seis de enero, delante de los zapatos había un montón de regalos. Y ni restos de la lechuga ni del agua.

¡Qué emoción! ¡Qué alegría!

Al rato, llamó la abuela por teléfono para avisar que en su casa también habían dejado regalitos.

_ A la tarde vamos. Llevo factura._ contestó la mamá.

Pero Camila seguía con dudas y con preguntas que no le era fácil ni formular ni respondérselas sin ayuda de los grandes.

Al día siguiente le dijo a Tiago en el Jardín:

_ ¿Sabés una cosa? Los papás compran los juguetes pero se los dan a los Reyes para que los repartan. Por eso yo sé que existen._

_¿Y Papá Noel?_preguntó Tiago entre sollozos, desilusionado.

Ella lo miró y acarició con ternura la cabeza llena de rulos de su amigo. Y aseguró de modo terminante:

_ Existe. Papá Noel también existe y hace magia ¡Y tiene un trineo grande que lleva casi mil juguetes por el cielo!_

Y agregó por lo bajo:

_ Y creo que los fabrica él_

Negrita

La vida en espera

Una vez más, Macarena tomó entre sus manos la medalla, un relicario que abrió cuidadosamente. Desde la quietud de la postal de casamiento sus padres apenas sonreían..

Vibraba el aire con el campanario de las seis.¡Qué temprano! Aún faltaban tres horas para la visita.

Se miró en el reflejo del cuadro. Vestía el camisón cerrado con botones de perlitas. Lo lavaba semanalmente y lo ponía a secar en el patio del fondo para usarlo por última vez, tal como había prometido, la noche anterior a las nupcias. En la caja, forrada con papel de regalo de fondo celeste y flores rosaditas, dormía el camisón de encaje que sólo conocían su madre,ya muerta, y la madre de Néstor. Un ajuar compuesto por algunas cosas más como el cintillo de la abuela Juana y un vestido blanco, bien sencillo, con el frente salpicado de lentejuelas tornasoladas.

La casa familiar de Adrogué lucía impecable. Antonio le había pagado la pintura del frente, y ayer ella,de pie del otro lado de la calle,la miraba embelesada. Doña Carmen le comentó qué buena combinación el blanco de las paredes con las tejas.

Abrió las ventanas justo cuando llegaban a los brincos los nietos de la vecina. Tenían casi la misma edad de sus sobrinos, los chicos de Antonio.

Su hermano no quería ni pisar la casa de Adrogué. Le impresionaba que Macarena la hubiera mantenido tan igual a la casa de la infancia. Ni un mueble más ni un mueble menos. Y más aún que se sintiera orgullosa de haber conseguido un papel para la pared tan parecido al de antaño.

Ella amaba a Antonio, diez años menor, y frecuentemente gustaba traer a su memoria la escena de cuando ambos correteaban por el jardín mientras la mamá veía en la televisión la novela de la tarde. En esas siestas el tiempo parecía andar despacito, alargando los juegos hasta la hora de la leche.

Néstor apareció por su casa un seis de mayo,dos días después que ella cumpliera los dieciocho. Era un chico humilde del barrio y se ofreció como jardinero. Mírelo ahora, se dijo Macarena, abogado y metido en política exterior.

Giró la llave y empujó la puerta del fondo para que saliera Belisario. El césped brillaba, todavía húmedo por el rocío. El animal sacudió con fastidio las patitas y después hizo caca. Macarena la recogió con la mano enfundada en una bolsita de nylon que casi con urgencia metió en el tacho de la basura, se lavó y miró el reloj. Las siete y cuarenta.

A las ocho comenzó la preparación del desayuno,en el patio, con el mantelito beige bordado

y las servilletas color maíz. Puso el budín, las tazas y dos cuchillos de untar. Mientras buscaba el dulce de quinotos pensó que esta vez le había salido casi igual al de su mamá.

Sonó el timbre. Llegó la visita. Doña Elena le dio un beso y ambas se sentaron a conversar.

Era una quietud como la de la foto del relicario. Las dos mujeres sabían que el encuentro tenía un sentido, sostener un tiempo de espera, soñar, y hacer nuevos votos para que se cumplan los deseos compartidos. “Lo que se amó a los veinte no se olvida” decía doña Elena. Y agregaba:“Mi nuera cada vez peor. No ha de pasar mucho hasta que se divorcien”.

Siempre las convicciones de la vieja acerca del hijo humedecían los ojos renegridos de Macarena. Además si esperó desde los veintidós a los cincuenta y cinco no iba a rendirse justo ahora que él regresaba a la Argentina.

El sábado su familia lo iría a buscar a Eseiza. Macarena prometió a su futura suegra que el domingo todo estaría preparado para la visita ya que doña Elena pensaba convencer al hijo de ir a la casa de Adrogué con la excusa de ver a Antonio. Acordaron que la señora se mostraría sorprendida de saber que Antonio hacía muchos años que no vivía en la casa de la infancia. Y Macarena llevaría a la mesa del patio un budín recién horneado lleno de pasas para que Néstor lo saboreara como de joven, cuando empezaron a amarse. “Los gustos no cambian, nena” afirmaba la vieja, y rogaba para que su hijo pusiera orden en su cabeza y en sus sentimientos. Y dejara de perder el tiempo.

Reencuentro con el alma

(Premio Internacional de Relato Latin Heritage Foundation EEUU 2010(publicado) )

Alicia escribió una vez más: “ No es mi intención que nos veamos. Me basta con soñar”.

Después de un silencio de varias horas durante las que ella se debatió respecto de sus emociones. Qué espero,qué siento, adónde quiero llegar…, él respondió: “A mí no me basta”.

Esta vez Alicia no se apresuró a contar a sus amigas lo que estaba sucediendo. Se tomó su tiempo.

¿En verdad se llamaría Julio? ¿O sería un nombre para presentarse y ocultar su identidad,cuestión muy común según le habían comentado en la búsqueda de pareja por internet. Ella había decidido desde un principio que sería Lucrecia. Betty,una de sus amigas, “muy psicologista ella”, decía que la gente se amparaba en esta tecnología para poner en juego viejas ilusiones o recuperar antiguos sentimientos apasionados. Alicia opinaba,en cambio, que era simplemente un juego en donde alguien se reinventaba a gusto. Se reían con Clara y Ada, las otras integrantes del grupo, de las certezas de Betty.

Betty había mantenido varios encuentros con hombres y confesaba experiencias diversas. “No siempre hay tanta diferencia entre cómo se presentan y lo que son en realidad”, afirmaba con cierta soberbia . El ex marido de Betty decía que era imposible convivir con ella y menos aún criar niños, porque no le hacía lugar a las ideas de otro, siempre sabía todo. El caso es que Betty nunca reconocía que algo le provocara sorpresa . Siempre tenía un as en la manga para volver a encarrillar las vertientes inesperadas de la vida.

Clara se enamoraba fácilmente y hasta llegó a hacer conocer estos hombres a sus hijos, a pesar de los consejos de las amigas respecto de que no involucrara a los niños. Uno de los hombres, Armando, no la dejaba en paz luego que ella decidiera cortar la relación. El hombre había conseguido una familia que previamente no tenía y ahora ella lo abandonaba.

_ Me dejás solo, sin ganas de vivir _

Todas se burlaban de Armando pero de todos modos les apenaba el “malentendido”, nombre con el que Clara nombraba la experiencia.

Ada era la original promotora de la entrada a internet en búsqueda de pareja. Y desde un principio decidió presentarse con un perfil que no la favorecía. Opinaba que era una estrategia que evitaba efectos ilusorios, y se reía de su propia ocurrencia. Y en verdad los hombres la encontraban finalmente con más cualidades de las anunciadas en la oferta.

Alicia había aceptado luego de muchas vacilaciones una conversación privada con Julio. En una zona oscura para ella misma, este hombre le despertaba algunos sobresaltos inexistentes en su vida de los últimos ocho o nueve años.

Esos días Alicia recordó muchos momentos de su vida conyugal. Se había conocido con su marido, José Luis, en un boliche de Ramos Mejía. Era un joven atractivo. En aquel entonces trabajaba con el padre en una empresa de distribución y recarga de matafuegos. Cuando el padre murió, apenas casados ellos, el hijo debió reemplazarlo. Único varón, el menor de tres hermanas, no pudo sostener ese lugar. Algo parecía haberse desbaratado dentro de él. Por sucesivos errores la empresa se endeudó hasta el remate. Su primo la compró a través de un testaferro. Alicia y su marido supusieron que el primo no pudo dar claridad a la operación porque su padre, tío de José Luis, se había excusado de ayudar a su sobrino con el dinero necesario para evitar el cierre. José Luis lo supo un año después. Mientras tanto se había empleado en una empresa del mismo rubro donde, por honesto y trabajador, ocupó un lugar digno.

José Luis se sentía responsable de la pérdida de la empresa familiar. Todo evidenciaba que este hijo no había cumplido con las expectativas de su padre muerto.

Durante muchos años el matrimonio de Alicia y José Luis sostuvo una relación fuerte, afectuosa, sin grandes altibajos. Nacieron dos hijos, Albertina y Tomás.

La antigua empresa familiar se desarrolló y su primo tuvo como objetivo de expansión la compra de la empresa en la que trabajaba José Luis. Se hizo el traspaso de los empleados. Y él aceptó su nueva dependencia.

En opinión de un psiquiatra con el que consultaron por el desgano permanente que evidenciaba José Luis, la nueva situación lo retrotrajo a la época de la muerte de su padre y a su posterior imposibilidad de sostener el legado.

Alicia se enardeció al ver la depresión del marido. No quería oír la monotonía de su discurso cotidiano. Y no pudo acompañarlo en su padecimiento. Los hijos la acusaban de poner todo el tiempo en evidencia las dificultades del padre. Su familia “se erosionó”, ésa es la palabra que venia a la cabeza de Alicia.

Jose Luis, que nunca había sido celoso, empezó a acosarla. Desconfiaba de todo. Temía no poder retenerla. La buscaba sexualmente con avidez y Alicia lo sentía como una obsesión. Y lo eludía. Betty opinaba que José no quería que le quedara resto para otro. A Alicia le producía malestar ese extraño apasionamiento que no saboreaba como genuino.

A Alicia no le quedaba un lugarcito para ella, emocionalmente hablando.

_ Alicia necesita momentos de anonimato,de estar ella consigo misma _ sancionaba Betty con certeza.

El marido la llamaba mil veces. La espiaba. Ella se inquietó. Algo arrasaba con los largos años de quietud y felicidad.

Y en ese momento apareció Ada con su propuesta: jugar en internet en sitios en que se busca parejas.

Julio se transformó en algo enigmático y apetecible. La distraía de lo cotidiano. Cuando metió los fósforos en la heladera pensó que Betty se reiría diciendo que es imposible helar lo que produce fuego.

Le preguntó a su hija cómo hacer para sacar una nueva cuenta de correo. Ninguno de sus familiares sabría la clave.

Finalmente ante la insistencia de Julio, aceptó una cita. Se ofrecieron santos y señas para reconocerse. Y ahí sí les comentó a sus amigas por una cuestión de seguridad.

Estuvo pensando durante varios días qué ropa se iba a poner para el ansiado encuentro .Esa tarde bajó del taxi unas cuadras antes calculando el tiempo que le llevaría recuperar el paso tranquilo y una cara distendida.

En el Café Martínez aún no había ningún hombre con las características de Julio. Se detuvo en la puerta y esperó. Su corazón latía fuertemente.Un poco desalentada por la tardanza dio unos pasos por la vereda alejándose de la puerta de la cafetería. Entonces alguien le tocó la espalda. Sintió un estallido en su interior . Su cuerpo se irguió sabrosamente. En segundos recorrió sus pechos apretados por el corpiño nuevo, alentó el alargamiento de sus piernas, olió su propio perfume. Ya compuesta, y antes de darse vuelta, sintió calor en sus mejillas y un ligero temblor en los labios, que se abrieron levemente.

Giró con gracia y encontró a Betty delante de sí. Sí, Betty, que reía y reía, la tomaba de las manos y la invitaba a bailar. Cuando entraron al café Alicia lloraba en silencio. Betty muy apenada intentaba extraer las buenas consecuencias de la experiencia. Ella tan solo deseaba mostrarle a su amiga cuánta pasión aún la habitaba. Y que no se sumase al estado depresivo de José Luis. Pero Alicia no tenía consuelo.

Al regresar a la casa encontró sobre la mesa de luz una nota anónima escrita con la computadora : LA PASION NO ES MAS QUE UN INVENTO. Con un intenso malestar rompió la hoja .No había podido resguardar su intimidad. Pensó que uno de los hijos había curioseado la casilla de mails. Tal vez en consonancia con la conducta desconfiada del padre. O por la insistencia de ella de que le informaran sobre cómo abrir otro correo.

Lloró mucho. Pero debía reconocer algo paradójico, experimentaba un genuino dolor pero simultáneamente iba creciendo en su interior una enorme alegría. Nadie iba a poder arrebatarle lo recuperado, ese sentir, ese saber, que ya era parte de su intimidad, una intimidad que no podría ser arrasada Y se escuchó diciendo en voz bastante alta: La pasión no es ningún invento.

 

Nunca sabré de ella

2013

Nunca sabré de ella

Había sido un día largo y regresaba cansado de mi propia estupidez, de mi esfuerzo por competir, por ganar, por lograr la admiración de Sol, mi nuevo objetivo sexual.

Crucé con descuido la Avenida Colón y un motoquero me reenvió a la vereda. El conductor de un Duna blanco, confundido seguramente al verme volar sobre su auto, pegó el neumático contra el cordón y frenó atrapando uno de mis brazos extendido involuntariamente hacia atrás al caer de espaldas. Así perdí mi mano derecha.

En medio de la desesperación, escuché una voz compungida de mujer :

_ Este pobre va directo al cementerio _

Y me vino a la cabeza, como en una fotografía, la puerta de entrada del San Jerónimo.

Luego me aturdió la sirena de una ambulancia que provenía del Clínicas. Allí nomás me subieron y creo que me dormí o me desmayé.

Un policía logró encontrar la mano aplastada bajo la rueda del Duna y decidió ponerla en una bolsa plástica con formol y llevarla al Hospital. Pero no hubo caso, los cirujanos evaluaron el estado de mi pobre mano y no estaba ya en condiciones de ser conectada al brazo. Yo no sentía aún su ausencia, me parecía que tenía los dedos y que continuaban moviéndose bajo mis órdenes.

A partir de ese atardecer trágico se sucedieron internaciones y convalescencias. Y por suerte un trasplante sin complicaciones, que mi organismo aceptó pasivamente.

Pero algo empezó a andar mal. Me acosaba a mí mismo con preguntas:

_¿ De quién habrá sido esta mano? _

_ ¿Qué haría el tipo en la vida? _

_ ¿ Qué edad tendría? _

Mil veces tocaba la pìel de mi nueva mano y la sentía áspera, como gruesa, desconocida. De pronto la miraba de reojo para descubrir qué hacía a mis espaldas. O me venía miedo de perderla, que se desconectara de mi brazo.

Me asaltaba la idea de un cierto descontrol de mi propia persona provocado por el trasplante. La mano parecía tener voluntad propia y yo dudaba de sus intenciones. En estas últimas semanas mantuve un alerta fatigoso y no podía contener la rabia.

Mi mujer, mis hijos, mi vieja, mi hermano, los médicos, mis amigos, todos estaban contentos porque mi cuerpo no había rechazado la mano. Y no me animé a contarles lo que yo sentía. A pesar de esos festejos me sigue resultando evidente que prefieren no tocarla. Quizás les provoca escalofrío.

Una noche soñé que le ofrecía a mi hermano, con malos pensamientos, un cuchillo de cocina. Y antes que él pudiera complacer mi deseo me desperté a los alaridos.

_ ¡No, no lo hagas, para algo me va a servir, no, no la cortes!

Esta es una prueba más de la lucha interna sin tregua y sin pausa que cada vez me costaba ¿o me cuesta? más sofocar.

El sábado pasado fui a casa de Tomás con el que por cábala vemos siempre juntos por televisión los partidos más definitorios. Yo soy hincha de River y no acepto ni una broma sobre el desgraciado tema del descenso y me enfurezco si se ríen de tal indignidad. La susodicha no parecía acordar con mis gritos para alentar al equipo. Caía como un colgajo sobre el brazo del sillón. La castigué metiéndola en el bolsillo del chaleco. Pero temblaba de forma absurda. Como de risa. Y mis amigos y yo estábamos desconsolados. Casi le rompo la boca a Octavio cuando me dijo que cada vez estaba más seguro que la mano había pertenecido a un bostero. Cuando regresé a casa la pellizqué con bronca y por varios días no hice los ejercicios a que me obliga el kinesiólogo. Me las arreglé con la mía como si fuera zurdo.

Marisa, como en las mejores épocas, empezó a pedirme jueguitos sexuales con esta mano.

La otra noche la encerró entre sus piernas, en ese hueco que sé que se pone húmedo y caliente pero que yo no llegaba a sentir. Ella cerró los ojos y a mí me indignó porque se nota que disfruta que es una mano nueva, desconocida, con otra piel, de otro color, la mano de otro tipo.

No sé cómo decirlo pero la verdad es que no consigo confiar en esta mano de mierda. Tampoco puedo usarla para ninguna cuestión íntima. Me las ingenio con la izquierda para limpiarme con el papel higiénico, para hurgarme la nariz, para pishar…Y después de los incidentes del último partido en casa de Tomás hago faquiu o la V de la victoria con mi cada vez más querida mano izquierda.

Carlos aumenta la dificultad de los ejercicios porque dice que estoy progresando.¡Una mierda, una verdadera mierda, porque qué sabe él lo que me pasa!.Y me jode que me diga “Hacéla tuya, hacéla tuya”. ¡Como si fuera tan fácil!

Una semana atrás la guacha me dio tremenda trompada en la boca del estómago. Apelando a la cordura me dije que sólo yo podría haberla impulsado. Pero no pude evitar la idea de que me estaba volviendo loco. Envenenado de odio putié al donante, a sus jodidos parientes solidarios, al motoquero, al del Duna, a los cirujanos, y me puse a llorar como nunca. ¡A los gritos! Lloraba con desesperación por mi mano perdida, por la mano que me acompañó hasta los cuarenta años, por esa parte de mí definitivamente muerta. Entonces mi mano derecha se levantó y con un poco de vergüenza sacó un pañuelo de papel del bolsillo de la campera y me fue secando los ojos, la barba y finalmente acomodó el cuello húmedo de mi camisa.

Pegados a la radio

 

Se alisó el delantal al incorporarse de la silla. Había estado un buen rato cortando las puntitas y los hilitos de la vaina así no molestaban en la ensalada de papas, huevos y chauchas..

Subió el volumen de la radio para seguir escuchando mientras descolgaba la ropa de la soga del patio. Volvió unos pasos para tomar el repasador y taparse con él la cabeza. La abuela había heredado y preservaba con gusto la piel lechosa de su mamá.

Pensó que La Chola volvería en un rato de las compras diarias y a poco despertaría a los chicos para mandarlos a la escuela. Su otro nieto iba al turno mañana porque la nuera era de las que prefieren trabajar en el Ministerio en vez de dedicarse a sus hijos.

Adela se miró los dedos torcidos Se había sacado la alianza porque temía que se le quedara atascada. María, su hermana menor, aún trabajaba de enfermera y antes no había cuidado a los hijos ni ahora a los nietos. Y siempre de punta en blanco.

Se sacó una horquilla del rodetito de la nuca, se la puso entre los dientes y luego sujetó nuevamente el cabello. Tenía la cabeza totalmente blanca.

La Chola entró a las apuradas y descargó el changuito. No prestó atención a las quejas de Adela por el trabajo que le darían la acelga y las verduras para el caldo.Y desde la puerta del dormitorio de los chicos cantó “Las 11 han dado y serenas,,,Levantaaaaarsee…”

Almorzaron y despacharon a los niños para la escuela. Era un tropel de pibes que iban todos juntos cada mediodía. La de varones estaba a escasa cuadra y media de la de nenas.

La Chola puso en el Centro de Mesa los dibujos que Carlitos habitualmente hacía en forma de historieta. Al chico le gustaba garabatear el papel larguísimo que el padre traía de su trabajo como corrector en Diario El Mundo.

Luego madre e hija usaron la mitad de la mesa para extender una sábana vieja doblada y una frazadita que protegía la madera, decididas a planchar mientras escuchaban el radioteatro de la tarde. La radio no se apagaba nunca y marcaba un espacio de encuentro para la familia

Nina recordaba este relato de su madre de un día común de cuando ella y Carlitos eran niños. Ahora parecían problemas tan menores e ingenuos los de los Pérez García o los de Qué pareja Rinsoberbia. Encendió la radio para tomarse un recreo de su escritura para la revista. Estaba finalizando un artículo sobre el vacío legal en diversas partes del mundo en temas como donación anónima de esperma y óvulos y alquiler de vientres. En el noticioso de la mañana había escuchado que la India era el lugar mayoritariamente elegido para tener hijos a través del alquiler de vientres. ¿Qué diría le vieja Adela de estas cuestiones? Si madre hay una sola. Si la pareja es hombre y mujer, como Dios manda. Si el padre no puso lo que tiene que poner no es el padre. Concluiría tal vez que el mundo anda mal y que quien anda mal acaba.

Conmovida por tantos recuerdos, necesitó llamar a su hermano desde el celular. “Che Carli, ¿te acordás cuando volvíamos de la escuela para escuchar Tarzán?” Y el loco, como siempre, pedazo de viejo que se sigue tomando todo en broma, le contestó con el Llamado de la Selva, a grito pelado. Y ella, aumentando el volumen de la radio para que no la escucharan en la casa, empezó a chillar estrepitosamente como la Mona Chita.

María Cristina Beovide